Hoy nos levantamos temprano, a las 5:30, para poder ir a buscar en el ministerio de transporte (y comunicaciones) una bolsa de comida con carne, pollo y huevos que le dan a mi abuela, jubilada del servicio de correo nacional hace más de dos décadas.
Bajamos andando, bordeando el parque zoológico que queda cerca de mi casa y que conozco tan bien que me hice amigo de sus mayores árboles, hoy enfermos. Hay que llegar a la parada del metrobús, que cubre, con menos paradas, más o menos la misma ruta que el metro para llevarnos al centro de la ciudad. El metro aún existe, pero funciona tan disminuidamente que la gente le huye y prefiere hacer largas colas para el autobús antes que sufrir el lento desplazamiento del tren, sobre todo en la línea 2 que es la que me atañe, además con un calor considerable y sin aire acondicionado.
La bolsa es, al igual que el metrobús y casi todo lo que hacen las instituciones, un parche de estopa y brea para un barco con el casco lleno de agujeros. Como en el barco de Teseo, cada parte ha sido progresivamente reemplazada de manera que es difícil considerarlo el mismo barco, ya casi no queda madera y lo que flota es una balsa sin timón, un remiendo enorme sobre el que navegan alrededor de 30 millones de personas.
Llegamos al ministerio y empezamos a hacer una cola que sin ser muy grande ya estaba nutrida, 15 minutos después de nuestra llegada ya era el doble de larga entre ancianos y acompañantes, también habíamos muchos como mi madre y yo, que íbamos autorizados por mi abuela, que no puede salir de casa a semejante travesía.
Desde que me bajé del avión hace tres semanas me ronda la cabeza la idea de que en este país existe una realidad sin corteza prefrontal, donde la posibilidad, e incluso la voluntad de planificar o sopesar consecuencias, retrasar un beneficio transitorio en pos de uno mayor, ha sido atrofiada y finalmente desecha a lo largo de muchos años de crisis provocadas y consentidas por el poder interno y las presiones externas, Venezuela es el país de la amígdala: todo ansiedad y estrés, preparado siempre para la huida al mismo tiempo que se resigna a una existencia precaria y fugaz.
Aquí tenemos un refrán: cuando alguien parece desorientado, nervioso, vulnerable, o algo le toma por sorpresa se dice que lo agarró como “pajarito en grama”; la frase describe muy bien el estado de perpetua alerta y desprotección asumida como la vida normal en la que viven no solo los venezolanos sino la misma Venezuela como entidad colectiva, todo nervio, saltando de aquí para allá rebuscando la comida, presto siempre a salir volando a la menor señal de peligro, desconfiado de las migas que sueltan algunas manos (y hacen bien los pajaritos) muchos de ellos inconscientes de que si consiguen volar suficientemente alto se van a conseguir con los barrotes de una Jaula desde donde podrían ver que sus captores no son solo los que se evidencian desde el suelo, sino que hay otros dueños, más allá del cielo, que deciden si abrir o no la jaula por capricho y fuerza.
Después de salir del ministerio, ya con la bolsa de comida y de ver a familia que tenía más de 5 lustros sin ver, y de comer un cachito y tomar un café y hacer todos nosotros y también el resto de los ciudadanos como que nada pende sobre nuestras cabezas aunque todos veamos la sombra del águila rondándonos el cuerpecito de turpial esquivo o de paloma citadina y sucia; después de todo eso emprendemos la vuelta, otra vez al metrobús para salvarnos del lento recocimiento subterráneo.
En el metrobús, luego de acomodarnos tratando de entorpecer lo menos posible con el carrito de mercado donde llevamos los víveres, veo en los primeros asientos a un hombre joven. El hombre tiene dos hijos, un niño de unos 5 años que se recuesta a su lado y una nena de, a lo sumo, 2 años que se cuelga de su cuello y trata de dormir hundiendo su pequeña cabeza entre la cuidada barba del hombre y su hombro, parece un polluelo en busca de abrigo.
Vamos unas 40 personas en el metrobús, me pregunto cuántos de nosotros estamos conscientes de la presión que está ejerciendo Estados Unidos actualmente, y de esos que lo estamos cuántos deciden ignorarla y cuántos la ven con una esperanza suicida.
Miro al cielo lleno de zamuros y recuerdo que, por orden del águila calva, el espacio aéreo está cerrado. Mi viaje de vuelta es en más de 2 meses, pero por ahora estoy, de facto, encerrado en esta jaula con el resto de los pajaritos; siendo que varios son familia, me consume menos ansiedad dentro que fuera de las rejas.
En la vía de vuelta a casa pasamos junto algunas instalaciones de la policía y la guardia nacional y ahora pienso en El Chorrillo, en Panamá, que quedó devastado en diciembre de 1989 cuando los Estados Unidos decidieron que su antiguo amigo, Manuel Noriega había dejado de ser útil y bombardeó, junto a objetivos militares, un barrio y a su gente, causando (por lo bajo) cientos de muertos civiles, una vez más en nombre de la democracia. Ni que hablar de la densidad poblacional de una ciudad como Caracas que tiene una población muy superior a la de Ciudad de Panamá.
¿Sabrá aquél hombre que se hace selfies con su niña somnolienta que él y sus hijos son narcoterroristas en potencia?
¿La gente que cree que una intervención militar de los Estados Unidos es la manera para cambiar el gobierno de Venezuela, de verdad confían en la capacidad moral de una nación con el prontuario criminal que tiene los Estados Unidos de Norteamérica por relaciones internacionales? ¿Creen la buena voluntad de gente que no solo ha ejecutado extrajudicialmente a decenas de personas en las aguas del caribe, delincuentes o no, sino que además admitió rematar a náufragos heridos e indefensos?
¿Cuántos de los venezolanos que se han hecho alguna vez una foto junto al Guernica en Madrid después se van, hoy mismo, a desear bombas estadounidenses para arreglar su problema? Parece que creen que las bombas tiene cookies y las balas siguen al algoritmo: este escucha a Carlos Baute, se salva, este a Alí Primera, que se joda.
- Alexa, pon a sonar “Democracia”-
Y se pondrán a bailar al ritmo de los estallidos.