Cualquier venezolano que haya vivido si quiera en el mismo código postal que un barrio ha visto esta escena:
Una muchachita muy joven, de cara angelical, casi infantil, luchando por controlar su cuerpo de embarazada sin antes siquiera haber tenido tiempo de aprender a controlar su cuerpo de mujer. El pretendido padre tiene el andar de los depredadores, mira como quien no ha visto nunca a nadie como otra cosa que no sea alimento o peligro, se mueve como quien no solo ha tenido que pelear para conseguir cada uno de los segundo de su vida sino, más aún, ha tenido que arrebatárselo a otros.
Generación tras generación y más aún año tras año la cara cambiante de la misma muchachita de 14 o 15 años con la misma barriga a punto de estallar en la misma reja de pintura blanca que se cae a pedazos. Nunca los mismos, siempre todo igual.
La escena es tan repetida que permite formular una frase cuyas variantes he escuchado varias veces en mi vida: “a la más bonita del barrio la preña un malandro”
La frase no puede, creo, articularse de una manera menos cruda: “la más bonita” no tiene nombre, y su única característica es “bonita” que bien podría ser un eufemismo de la del cuerpo más vertiginoso, la que tetas, la tremendo culo; “el malandro” aunque también sin nombre, arquetipo de una vida feroz, rápida y triste, es el verdadero sujeto de la frase, no solo es el que preña sino el que designa, con su deseo, la característica fundamental de “la más bonita”. El embarazo es un colateral, algo que le sucede al objeto, nada más.
Derechito y por la sombrita
Venezuela, joven como todas nuestras repúblicas, vapuleada por intervenciones y traiciones, como todas nuestras repúblicas, es a los ojos de muchos poderosos, la más bonita del barrio: la mírale esos recursos naturales, la qué reservas petroleras, y de hace bastante tiempo también la que se echó a perder, la mala junta, la que no aprende.
En los ciclos de la historia latinoamericana a Venezuela siempre le ha tocado ir a destiempo, o algo pronto o algo tarde, un compás más rápido o más lento que el resto del continente: La lucha por la independencia cuajó aquí antes que en otras regiones ayudada seguramente porque era una capitanía general, un territorio más pobre y menos importante que los virreinatos.
Ya en el siglo XX La longeva y servil dictadura de Juan Vicente Gómez, que surgió como reacción al desafío soberanista de Cipriano Castro, nos salvó de la intervención gringa directa en la primera ronda de la doctrina Monroe. Mientras que en centro américa Sandino le hacía frente a los marines y la United Fruit Company desbarataba gobiernos a placer, en la Venezuela de Gómez no les hizo falta.
Nunca fuimos una “república bananera” porque cuando se descubrió el petróleo nuestra materia prima y nuestro papel en el “patio de atrás” norteamericano quedó asignado para siempre; pero los campos cercados, la segregación y la miseria saben igual aunque huelan a cambur podrido o a mechurrio encendido.
Marcos Pérez Jiménez de algún modo inaugura el modelo de dictador latinoamericano de la segunda mitad del siglo XX: militar profesional, profundamente anticomunista, ávido de modernizar la represión en alcance y medios; su silueta, si bien más baja y algo rechoncha, podría usarse como plantilla para Pinochet, Stroessner o Videla.
También fue de las primeras dictaduras en caer, en el 58, y ya que los gobiernos de la democracia bipartidista Venezolana a partir de ese año estaban alineados con los intereses estadounidenses, no les fue necesario instaurar las dictaduras militares que, al estilo Pérez Jiménez, plagaron el cono sur hasta casi finales del siglo.
En 1989, mientras se decretaba el fin de la historia con la caída del bloque soviético, en Venezuela una población harta de políticas neoliberales estalló con rabia aunque sin dirección, en el llamado Caracazo, y pagó un precio en sangre que todavía no ha sido esclarecido con la rotundidad que amerita.
Con ese hecho quedó marcado nuestro desamor con EEUU. En el 92 hay dos intentos de golpe de estado, el primero liderado por Hugo Chávez, quien luego de haber pasado un tiempo en la cárcel y salir liberado por la presión popular, ganó las elecciones de 1998.
¡Cómo se le ocurre!, tan bonita que era, y ahora se las da y que de independiente, y vota mal y piensa mal, y quiere ir por el sol y no por la sombra aunque se le arruguen los ojos. Pobre, no sabe lo que le conviene, habrá que enseñarle.
Política de proxenetas
Los poderosos, independientemente de que tan grande o reducida sea su esfera de poder, procuran confundir moral y ética con autoridad y fuerza. Los Estados Unidos de Norteamérica, que ostentan el mayor poder que ha conocido jamás la humanidad, han querido también confundir la paz con subordinación y su hegemonía con el destino.
Que los gobiernos Norteamericanos han sido de pensamiento, obra y convicción, una mafia, es bastante conocido. Los matones por excelencia: que bonito país tienes, sería una pena que le pasara algo; pero lo que yo en particular no había notado nunca hasta que Donald Trump lo hizo evidente es que la política exterior norteamericana no es la de un mafioso cualquiera sino la de un proxeneta y entiende al resto del mundo, y particularmente a América Latina, como sus prostitutas.
Es aterrador leer o ver (en youtube por ejemplo) entrevistas a chulos y darse cuenta de que su discurso es, punto por punto, el de la administración Trump.
¿Cuál es el papel del proxeneta? Dar protección a su producto, asegurarse de que no haya cuerpos ni ideas descarriadas, administrar el dinero que produzcan las chicas.
¿Cuál es la relación entre un proxeneta y sus chicas? Las chicas le dan al proxeneta todo el dinero que produzcan y él se asegura de que no les falte nada de lo que él considera que les pueda faltar, ellas pueden hacer peticiones que luego deberán pagar a su dueño.
¿Cómo ejerce su poder el proxeneta? Se aprovecha de las vulnerabilidades de las mujeres que depreda, de su inestabilidad, generalmente fomentada cuando no provocada por el mismo. Se afinca en promesas de tranquilidad y aparentes lujos, una paz sin autonomía y un placer sin felicidad.
El chulo puede ser mejor o peor administrador, aparentar delicadeza o proyectar fuerza según la situación que considere, pero el resultado es invariable:
Él decide cómo trabajan, cuanto trabajan, si comen, cuanto comen, se acuestan con el cuándo él quiere. Palabras como hambre, tortura o violación no existen; la voluntad de cada mujer ha sido anulada previamente con una violencia amplia, prolongada y sistemática que termina por suplantar la realidad de la persona hasta convertirla en algo menos que un objeto, un autómata cuyo único propósito es servir, porque si no…
The bitch-slap. La traducción literal es “cachetada de perra” y es una frase que permea el lenguaje gringo de arriba abajo, alguien podría pensar que es un coloquialismo casi inocente, una frase que casi no tiene sentido o que ya no muerde por el uso, pero describe literalmente la moral del proxeneta en acción: hay que cachetear a la perra que no sabe comportarse, el producto no puede tener voluntad y aún menos capacidad de acción y si algún día se confunde y cree que la tiene hay que recordarle su lugar con la rapidez y firmeza de quien sí sabe lo que es bueno.
La escala de la violencia es, como todo, arbitraria, no hay margen de negociación, solo existe el obedecer o el no obedecer, puede ser una amenaza, una cachetada, un ahorcamiento, un castigo sin comida.
En la madrugada del 3 de enero Estados Unidos decidió que se había cansado ya de que Venezuela caminara por la acera equivocada; poco le importa que baile o se tropiece, que llore o sonría, lo importante, lo que amerita corrección, es que no hace lo que se le dice. Más importante aún EEUU sabe que si sus otras perras ven a Venezuela volver con la nariz sangrante y la mirada perdida, de vuelta al redil, no tendrá ya más que alzar la mano para que a nadie se le ocurra siquiera mirar hacia el otro lado de la calle.
Gorilla pimping le dicen. Se trata de que las reglas se recrudecieron sin cambiar, se hicieron más explicitas, del fin de las ilusiones: quien se desvíe del camino recibirá mucho más que una cachetada, la promesa de varios huesos rotos y la disolución de su espíritu. Insisto, a Estados Unidos no le importa el estado real de su perra, su bienestar o no, mientras tenga lealtad absoluta, que se traduce en cumplir con un par de condiciones esenciales:
1) Le dé todo lo que produzca
2) Produzca lo suficiente.
Hay más chicas claro, sonríen nerviosas mientras deciden si aprenden la lección y la sangre les hierve aunque tengan miedo. Y aún Venezuela, vapuleada y herida, se pregunta cómo proteger el poquito de vida que le queda y cómo salvar su dignidad en medio del trauma; pero con el tiempo, cuando el ojo inflamado haya sanado, la costra de sangre se caiga y el chulo se distraiga ella entornará los ojos y medirá la distancia, y se preguntará como se siente el sol en la cara.